¡Ocho vasos de agua al día! ¿Realidad o falacia?

 ¡Ocho vasos de agua al día! ¿Realidad o falacia?

 El agua es un líquido vital que constituye alrededor del 60% del peso corporal del adulto. Así, un hombre estándar que pesa 70 kilogramos, contiene 42 litros de agua total, distribuida de la siguiente forma: 40% dentro de las células, y 20% fuera (15% entre una célula y otra, y 5% dentro de los vasos sanguíneos).

La proporción del agua corporal varía, según la edad, el sexo y la composición corporal. Mientras el feto está constituido casi 100% por agua, en el recién nacido hay un 80%, y en los envejecientes se reduce a un 50%, igual que en las mujeres y los obesos, debido a que el tejido adiposo es pobremente hidratado.

La cantidad de agua corporal, varía también de un tejido a otro. La sangre contiene 85%, seguida por el tejido muscular y riñón (80%, cada uno); hígado y cerebro (75%, cada uno), piel (70%), huesos (25%) y tejido adiposo (10%).

El agua sirve como un vehículo para el transporte de los nutrimentos hacia los tejidos, y para eliminar las substancias de desecho del cuerpo, a través de la orina (1,500 mL/día), piel (500 mL/día), pulmones (400 mL/día) y heces (100 mL/día).

Estas cantidades pueden variar, según el clima, la actividad física y la cantidad de agua consumida. De tal manera, que  cuando ingerimos poca o mucha agua, el organismo controla las pérdidas, principalmente urinarias, a fin de mantenernos hidratados, ya que este líquido participa en un sinnúmero de funciones, tales como: metabolismo, actividades del sistema nervioso (aprendizaje, atención, memoria, estado de ánimo, transmisión del impulso nervioso, etc,), contracción muscular, actividad cardíaca, fluidificación de las secreciones bronquiales, regulación de la temperatura corporal (eliminación de calor al evaporarse en la piel), digestión; y dilución urinaria de las substancias cancerígenas. En tal sentido, en el Estudio de Seguimiento de los Profesionales de la Salud de los Estados Unidos, la evaluación de 47, 909 hombres, durante 10 años, reveló que el consumo diario de 6 vasos de agua o más, redujo el riesgo de cáncer de vejiga a la mitad (51%), en comparación con quienes tomaban menos de 1 vaso (8 onzas) al día (Michaud, D y col. N Engl J Med 1999;340:1390-7).

Como podemos ver, la importancia del agua en la dieta es innegable; y en tal sentido, debemos conocer, realmente, qué cantidad de agua debemos tomar al día. Así, parecería lógico que si perdemos 2,500 mL de agua al día, por orina, sudor, heces, etc, deberíamos reponer esa misma cantidad, a través de la alimentación.

Se estima que una dieta mixta promedio aportaría unos 1,000 mL de agua en forma de alimentos (frutas, verduras, jugos, cereales, etc), y el metabolismo produciría 300 mL al día.

Esto significa que nos faltarían unos 1,200 mL de agua (5 vasos, de 8 onzas o 240 mL cada uno). Sin embargo, el organismo no es una máquina, y cada organismo es diferente del otro. Además, el  organismo tiene mecanismos reguladores muy finos y sensibles, que le permiten ajustar sus pérdidas de agua, en base a sus ingresos y según sus necesidades, para mantener siempre un equilibrio.

La recomendación médica generalizada de tomar un mínimo de 8 vasos de agua al día, bajo la consigna clásica de “8 x 8”, para evitar la deshidratación y el daño renal, carece de evidencias científicas.

Según especialistas en salud, el origen de este mito es una recomendación del Consejo de Alimentación y Nutrición estadounidense en 1945, donde se decía que las personas necesitan unos 2,5 litros de agua al día, pero pasaron por alto la frase que aparecía en el renglón seguido: “La mayor parte de esta cantidad está contenida en alimentos preparados”. Esto significa que la recomendación se refiere al agua total, incluyendo la que está presente en los alimentos, tales como: frutas, verduras, sopas, jugos, té y otros líquidos.

El café y las bebidas alcohólicas no deben incluirse, debido a que contienen cafeína y etanol (alcohol), respectivamente. Estas substancias aumentan la producción de orina, y el riesgo de deshidratación, al inhibir la secreción de la hormona antidiurética (ADH, siglas de su nombre en inglés), encargada de limitar la producción de orina por el riñón, reteniendo agua para diluir el plasma sanguíneo que se encuentra muy concentrado; y así, normalizar la osmolalidad de la sangre.

Es importante recordar que, además del agua que recibimos en la dieta, el cuerpo puede producir unos 300 mL diarios de agua metabólica, la cual se forma durante la oxidación celular de los nutrimentos (hidratos de carbono, grasas y proteínas).

El consumo de agua no debe basarse en una cifra fija, sino que debe obedecer al reflejo de la sed, que aparece cuando la concentración del plasma sanguíneo apenas aumenta un 2%.

Esta concentración se mide como osmolalidad, y corresponde al número de partículas disueltas (principalmente sodio) por cada litro de agua en la sangre. Los valores fisiológicos (normales) de la osmolalidad son 280-296 mOm/L; y el reflejo de la sed aparece muy temprano, a partir de 294 mOsm/L, una concentración que está todavía, dentro del rango de normalidad.

Esto permite tomar agua, mucho antes de que comience la deshidratación, que sucede cuando la osmolalidad aumenta hasta 302 mOm/L. Sin embargo, 500 mL de orina en 24h es suficiente para eliminar las substancias de desecho del cuerpo. Pero, en casos de deshidratación la orina es escasa y tiene un color muy obscuro. El reflejo de la sed está alterado en los envejecientes, por lo cual éstos tienen un mayor riesgo de deshidratación; y para evitarlo, se les debe ofrecer agua, con cierta frecuencia, a nuestros abuelitos, aunque no tengan sed. Pero, ¿qué cantidad de agua debemos tomar?. Realmente, la que nuestro cuerpo necesite, para mantenerlos bien hidratados; y esto lo sabemos, cuando desaparece la sed, se produce suficiente saliva, y la orina es clara como el jugo de toronja o de limón.

Por otro lado, Michael Farrell de la Universidad de Monash, utilizando resonancia magnética nuclear, encontró que la ingestión forzada de agua, sin sentir sed, provoca la activación de algunas áreas prefrontales derechas del cerebro (revista Proceedings of the National Academy of Sciences in the United States of America, 2016).

  Esta alarma cerebral es una señal que nos indica cuándo debemos detener la ingesta de agua, con el propósito de evitar la sobrehidratación, y sus consecuencias, derivadas de la disminución del sodio por dilución de la sangre: edema cerebral, letargia, náuseas, convulsiones y coma. En estas circunstancias, el riñón se ve forzado a trabajar más para eliminar el exceso de agua. En general, debemos evitar, tanto la deshidratación como la sobrehidratación; y en ese sentido, algunos maratonistas han fallecido por intoxicación hídrica, debido al exceso de agua ingerida durante el período de competencia.

Finalmente debemos señalar, que el alto consumo de este líquido vital es promovido por la industria del agua con el propósito de aumentar sus beneficios económicos.

Hoy más que nunca, es tan notable la promoción del consumo de bebidas gaseosas, agua y jugos industrializados, maltas y cervezas, como bebidas hidratantes; bajo el pretexto de que vivimos en un clima tropical, y que debemos cuidar la hidratación de nuestro cuerpo. Tanta bondad me confunde. Les exhortamos, pues, a tomar agua en respuesta al estímulo de la sed, no por presión comercial. ¡Ni tanto que queme al santo, ni tan poquito que no lo alumbre!

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